Vine al mundo un día de marzo del año 1961, el 9, parece que un buen momento astral y, desde luego, seguro que no una fecha más en el recuerdo de la familia, en especial en el de mi madre, desde ese justo instante liberada de los dolores de parto.
Lo hice en un pueblo pobre de una pobre España, en Begijar (Jaén), y lo hice justo cuando los tecnócratas de Franco intentaban legitimar dentro y fuera de nuestras fronteras el régimen político totalitario que les daba de comer, dentro a través de un puro desarrollismo económico especulativo y fuera mediante un profuso maquillaje turístico. En mi sangre, pues, como en la de todos los de mi generación, alguna que otra toxina franquista que no nos deja ser inconscientemente libres del todo ¡Qué le vamos a hacer! Algunos intentamos superar esa tara trabajando incansablemente por las generaciones que nos sucedieron y las venideras, esas de la libertad, la justicia y la igualdad de verdad, las de la democracia en grandes letras.

La familia a la que llegué, un exponente de la clase media de entonces, esto es, ni desclasada por abajo ni por arriba, acomodada a las circunstancias del momento.
Mi padre, popularmente conocido como Paquito el de Doña Rosario, hijo y nieto de maestros, era –y lo fue hasta su jubilación- director de sucursal de banca, un fiel empleado de la entonces llamada caja de ahorros y monte de piedad del Sr Medina y Corella, hoy conocida en el ruedo comercial como Cajasur; por abreviar y no andar con circunloquios, la caja cordobesa de los curas, dicho sea sin ánimo anticlerical pero en el sentido social más descriptivo del término, esa caja bajo sotana a la que tanto le cuesta entrar en la modernidad.
Mi madre, Nati, maestra de escuela, como su madre, su abuela, sus hermanos, etc. Como se puede ver, hay un fuerte componente docente en mis dos familias que ha hecho discurrir algo de republicanismo humanista por mis venas, eso sí, faltaría más, que atiende preferentemente a la herencia del padre Manjón y sus escuelas pías que a la Institución Libre de Enseñanza, como Dios manda, aunque es bien cierto que otro personaje de la familia me acerque a la modernidad de ésta, el padre Poveda, fundador de las Teresianas y que ha sido hecho ya santo por haber sido martirizado en tiempos de guerra. Por tanto, mi desviación izquierdista, aunque tampoco sea para tirar cohetes de radicalidad, sin duda contribuye a afirmar los inamovibles pilares de la tradición de familia, uno de los cuales es el franquismo sociológico, un franquismo que llegó a institucionalizarse a través de mi padre y de mi abuelo materno, ambos alcaldes de sus pueblos –Begíjar y Peal de Becerro- en diversas etapas de sus vidas.
Mi infancia son recuerdos de olivo y metal. Ese niño que fui despertó a la vida junto a sus dos hermanos –Pedro José y Rosario- empapándose del olor, sabor y color de los olivares de la tierra, y ese empape impregnó para siempre el sentido de mi vida. Los juegos, las vivencias, las transgresiones, los sentimientos, las pasiones, todo, absolutamente todo en torno a ese árbol milenario y su fruto: el ambiente tomado por un denso e inabarcable olor a jamila, la dureza de la vida de la tierra en el olfato; el paladar sobrecogido por ese hoyo de pan y aceite, ese sabor básico que te hace discriminar entre lo esencial y lo superfluo en la vida; el verde maduro de las copas que pintarrajea la pupila con tonalidades distintas por capricho de la luz, y que abraza generoso el juego de ocres que dan la tierra seca y el tronco viejo.
Recuerdos también de metal. A los 9 años me marcho con mi familia a Linares, pueblo obrero con aires de ciudad sencilla que vive de una minería ya decadente y de la poderosa metalurgia Santana, cuyas sonoras sirenas marcaban el tiempo. Allí descubrí de manera incipiente los encantos del mundo urbano, del que ya no quise desprenderme. El régimen de Franco se moría y la clase trabajadora linarense marcaba con firmeza y serenidad el paso provinciano de la libertad. De aquel tiempo, recuerdo con especial emoción el énfasis de mi maestro, Don Manuel, cuando nos invitaba a sus alumnos a debatir y decidir sobre temas escolares como se hace en democracia, a opinar y votar en libertad, y la satisfacción intelectual de hacerlo aún a sabiendas de que estaba prohibido fuera de nuestro propio territorio ideal. Esa fuerza natural e incontenible era sencillamente el preludio de una nueva España.
La adolescencia la pasé en Baeza. En el año 1975 dejo Linares y marcho, también por motivos laborales de mis padres, a ese pueblo que tanto ha puesto en mi. Si digo de ella que es a la vez elegante y primitiva, austera y petulante, laboriosa e indolente, humilde y orgullosa, creo estar describiendo mucho de mi identidad. Y es que las personas son fruto de su genética personal y social. Tengo la sensación de haberme hecho allí y por eso constantemente acudo a sus recuerdos. Fueron para mi años de felicidad que no estuvieron exentos de dificultades, quizás una cabal traducción del tiempo incierto que le había tocado vivir a mi generación: moría Franco y con él una etapa oscura de nuestra historia, y eso nos hacía conscientes de que lo mejor estaba por venir, pero al mismo tiempo las contradicciones propias de nuestra edad nubil nos llenaban de inquietud y desasosiego. En aquel pueblo sereno, acabé despertando a la libertad sin estridencias, rodeado de amigos y compañeros de aula que me enseñaron a conocer mejor el contexto social en que se desarrollaría la mayor de las revoluciones de mi país, la que hizo posible el progreso irreversible a una sociedad democrática avanzada.
Fue en el último año de secundaria, cursando COU, cuando una sanción escolar, a la postre providencial para mi, marcó mi destino profesional. Por algún motivo que no recuerdo pero que sin duda debió contribuir a romper la armonía del Instituto Santísima Trinidad, se nos castigó a todo un grupo de alumnos a ir varios sábados a clase. Era el otoño del año 1978, época en la que las Cortes Generales habían aprobado una Constitución, estando próximo a celebrarse el referéndum popular. El profesor nos suministró a cada uno un ejemplar de la misma para que leyéramos el modelo de convivencia que iban a votar los españoles; desde luego, el objetivo de la sanción era bien ejemplar. En ese momento fue cuando descubrí mi porvenir: aquello que decía aquel documento me interesaba muchísimo y quería saber más sobre reglas básicas de la convivencia humana. Pregunté qué había que estudiar para conocer a fondo esa materia y el profesor me hizo ver que esos contenidos se estudiaban en las Facultades de Derecho. Así nació mi vocación jurídica.
Comienzo mis estudios universitarios en el año 1979, en Granada, en cuya Facultad de Derecho me licencio en el año 1984. ¡Qué etapa tan creativa ésta! Eran tiempos de mucha ebullición social y política en un país en plena transformación que quería encontrarse a sí mismo y tengo la dicha de disfrutarlos en ese espacio privilegiado que es la universidad. Trabajo con constancia y obtengo buenas notas, insuperables en esa mi asignatura destino, el Derecho Constitucional.
En lo ideológico, es curioso, en una retrospectiva lo más desapasionada posible, me veo igual de militante del socialismo democrático que ahora, esto es, al margen del maoísmo, troskismo, stalinismo, comunismo, marxismo, ideas muy comunes entre la juventud española de izquierdas de entonces, más aún entre la universitaria: será que me hice mayor antes de tiempo y sin el suficiente recorrido de pensamiento. En el segundo año de licenciatura, un encuentro cambió de verdad mi vida. Conozco a una lozana de Sierra Mágina (Jaén) que había recalado en la ciudad para estudiar Farmacia. Ana, lo mejor que me pasó y que me sigue pasando tanto tiempo después.
También la decisión sobre mis estudios de postgrado llega a última hora. Cuando el quinto curso da sus últimos coletazos, me planteo qué hacer con esa licenciatura. Mi pasión por el Derecho Constitucional me acerca a la cátedra; mi falta de padrinazgo me aleja irremediablemente de ella. Es entonces cuando decido opositar a una carrera que entiendo me sitúa en la realidad social y me permite hacer cosas justas por la gente. Opto por estudiar para ser juez, contra el criterio familiar de vivir bien por el mismo esfuerzo, y es que ser notario o registrador de la propiedad generaba igual prestigio y mayor rédito. Comienzo a trabajar la oposición en octubre de 1984 y en enero de 1987 había superado ya todos los ejercicios de oposición para ser juez y fiscal, que entonces eran exámenes que se hacían por separado. Hago la preceptiva estancia en la Escuela judicial (entre mayo y julio) y en la Escuela fiscal (entre septiembre y noviembre) y prometo los cargos de juez y fiscal en los tribunales superiores de Justicia de Andalucía y Extremadura respectivamente. En esos actos tan solemnes, además de confundido, me siento más humilde todavía; a lo largo del tiempo acabaré por descubrir que tras tanto boato no hay más que boato, un fruto rancio para una democracia madura. Soy juez en Berja (Almería) y fiscal en Badajoz y me voy a trabajar a aquella localidad en enero del 88.
Esta experiencia profesional me resulta fascinante desde el primer momento y es que me permite sentir que no hay mejor labor social que hacer justicia desde la pura y llana verdad. Dejo de ser juez de pueblo al año siguiente y paso a mi segundo destino judicial (último por ahora), Córdoba, en donde me hacen magistrado casi sin enterarme, al año siguiente y por el solo transcurrir del tiempo de servicio. Poco tiempo conviví con los almerienses de las Alpujarras y, sin embargo, su trascendental manera de entender la vida caló muy hondo en mí. También ellos pusieron algo en lo que ahora soy.
En Córdoba he vivido desde entonces y en Córdoba me gustaría vivir otros 16 lustros más. Con toda probabilidad será que no. Una ciudad saludable y diversa y una gente atractiva que enriquece su ya de por sí vasta historia, nos mueven a mi familia y a mi a arraigarnos en este privilegiado cruce de caminos y encuentro de civilizaciones.
Es aquí donde veo nacer y crecer mi vida en común con Ana, aquí donde despiertan a la vida mis tres hijos, Francisco, Blanca y Juan Luis, eso otro mejor que me ha pasado, y es aquí donde también veo morir a mi madre unos años después de que lo hiciera mi padre. Arraigo no falta.
Y por si fuera poco, nada más llegar me embarco en una andadura docente que todavía no he tenido el valor de interrumpir. Y es que la asignatura de mis sueños, aquella que hizo volar mi adolescente interés, es la que imparto desde entonces en la Facultad de Derecho de la UCO, lo que me permitirá luego publicar diversas obras sobre la materia y dar cursos, conferencias y clases en nuestro país y en Hispanoamérica.
En el año 1998 me decido por fin a dar el paso de asociarme a Jueces para la Democracia. Mis planteamientos ideológicos me empujaban a hacerlo nada más ingresar en la carrera judicial. Recuerdo a un familiar próximo cómo en aquella época me saludaba como “juez para la democracia”, en una mezcla de sincera satisfacción por la existencia de un juez en la familia y de mal disimulado rechazo por su “rojerío”. Me frenaron ciertos acontecimientos en el seno de esa asociación judicial que ahora no vienen al caso y que entonces valoré como contrarios a la independencia judicial. Fue el revulsivo político del aznarismo lo que me movió con firmeza a tratar de poner en valor desde el asociacionismo judicial un baluarte del Estado de Derecho, la independencia judicial, a mi juicio entonces en serio peligro. En el año 2002 entro en el Secretariado (dirección federal) de la asociación y desempeño el cometido de portavoz, cargo que dejo cuando acepto, a principios de 2004, la generosa oferta que me hace el PSOE en Córdoba para formar parte de sus listas en las elecciones generales de marzo de ese año. Paso entonces a la situación administrativa de excedencia voluntaria en la carrera judicial y me integro como número tres en la candidatura al Congreso de los Diputados por ese partido.
El 14 de marzo de ese año soy elegido diputado para la VIII Legislatura de la democracia. Os confieso que es indescriptible saber que miles de ciudadanos han confiado en ti bajo unas siglas políticas y que llevas sobre ti el peso de la responsabilidad de no defraudarles a ellos y al partido político con más historia de este país, al PSOE de más de 125 años de vida. Con el paso del tiempo y trabajo constante para unos y otro me he ido haciendo la idea de lo que la representación política significa. Esta adaptación paulatina no quita momentos de aturdimiento.
Un mes después me hago militante socialista. Es coherente que mis convicciones se formalicen en la organización política que le dan vida. Y es que no tiene sentido pedirle independencia a quien, compartiéndolo con otros muchos, crea y recrea a diario un proyecto sentimental común de justicia social. Como juez la ley me pedía independencia funcional, y yo se la di con rigurosidad; ahora tengo que ser decididamente dependiente de unas ideas que llenan mi quehacer político.
Otro nueve de marzo, ahora de 2008, el partido en que milito vuelve a ganar las elecciones. Yo vuelvo a ser elegido diputado por Córdoba. Vuelven las ganas y la ilusión por un mundo mejor.
Y bueno, aquí tenéis al diputado Rascón, trabajando para todas y todos con la pasión y la ilusión que da vuestro respaldo, también con la humildad que imprime la vocación de servicio que llevo dentro. Aquí me tenéis, hasta ahora satisfecho con mi labor parlamentaria, mezcla de impulso político, creación legislativa e interlocución social, siempre dispuesto a cualquier aventura que encierre una justa causa social.
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